Alemania es un país de libros: Con 94.000 títulos (primeras ediciones y reediciones) al año se cuenta entre los grandes del mundo del libro. La Feria Internacional del Libro de Fráncfort, que se celebra cada mes de octubre, sigue siendo la mayor cita mundial del sector librero. Junto a ella se ha hecho un nombre como fiesta del público lector otra feria del libro más pequeña, la de Leipzig, que se celebra cada primavera. Desde la reunificación del país Berlín ha consolidado su posición como centro literario y editorial de categoría mundial (editoriales Suhrkamp, Aufbau, etc.).
Nadie puede afirmar a ciencia cierta si los libros comprados efectivamente se leen, pero el gusto por la lectura apenas se ha resentido, ni siquiera en la era de Internet. El público acude masivamente a eventos como la LitCologne, la Fiesta de la Poesía de Erlangen o la infinidad de festivales de literatura repartidos por toda la geografía nacional. No obstante, son muy pocos los autores que alcanzan ediciones millonarias en el mercado librero alemán. En la primera década del siglo XXI las listas de los libros más vendidos estuvieron dominadas por autores de éxito internacional como Joanne K. Rowling, Dan Brown, Ken Follet y Cornelia Funke, autora alemana de literatura infantil y juvenil. Raras veces se auparon a los primeros puestos libros de contenido decididamente literario, como es el caso del superventas “La medición del mundo” (2006), de Daniel Kehlmann, o “Zonas húmedas” (2008), de Charlotte Roche, que desató un debate sobre la sexualidad femenina y documentó vívidamente que la literatura todavía puede abordar con radicalidad temas socialmente relevantes.
Paralelamente, con el Premio Alemán del Libro, concedido por primera vez en 2005 y que, al estilo del Booker Prize o el Goncourt, galardona la mejor novela del año, se ha conseguido comercializar una literatura exigente con respuesta del público. Aparte de la dotación económica, el premio depara a los galardonados elevadas tiradas y la atención de los medios de comunicación. “La mujer del mediodía” (2007), de Julia Franck, la epopeya “La torre” (2008), una obra de casi mil páginas en la que Uwe Tellkamp recrea la etapa final de la RDA, y la novela autobiográfica de Kathrin Schmidt “Du stirbst nicht (No morirás)” coparon durante meses las listas de los libros más vendidos.
Aunque algunos de los grandes autores de la generación de posguerra como el Premio Nobel de Literatura Günter Grass o Martin Walser, Hans Magnus Enzensberger y Siegfried Lenz siguen escribiendo, el lenguaje de sus nuevas obras ya no aporta sino escasos impulsos formales. Tras los años de la posguerra, marcados por las innovaciones estéticas, y la literatura de los setenta, en la que predominaron tanto los análisis sociales como los experimentos semánticos y formales, en torno al cambio de siglo se observa un retorno a fórmulas narrativas tradicionales, a historias contadas con refinada simplicidad (Judith Hermann, Karen Duve). Junto a la narración de factura impecable se afianzan renovadas tendencias experimentales (Katharina Hacker), múltiples propuestas de imbricación intercultural (Feridun Zaimoglu, Ilija Trojanow) o la vigorosa voz de una Herta Müller, ajena a cualesquiera veleidades de la moda. Desde la concesión del Nobel de Literatura, en 2009, esta escritora nacida en el Banato rumano se ha ido abriendo paso más allá de los círculos iniciados.
Paralelamente se van permeabilizando los límites entre la creación literaria de altos vuelos y la literatura de entretenimiento. Entre los autores más jóvenes la implicación política o moral a menudo se busca en vano. Pero en el aparente repliegue hacia lo íntimo se tratan exactamente aquellos temas que desde siempre han inspirado la literatura: ¿Cómo se enfrenta cada cual a las exigencias y presiones sociales? ¿Cómo repercute el predominio de lo económico sobre el individuo? En ese sentido lo privado en la literatura contemporánea a la postre tiene una vertiente política.