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La Edad Media

A lo largo de la mayor parte de su historia Alemania no fue un Estado unitario sino una agrupación libre de numerosos Estados territoriales en el marco del Sacro Imperio Romano Germánico. Hubo de recorrerse un largo camino hasta la fundación del Imperio Alemán en el año 1871.

 

El término “deutsch” (alemán) no aparece hasta el siglo VIII. Se refería al idioma hablado en la parte oriental del Reino de los Francos y significaba “habla popular” (por contraposición al latín, la lengua docta). Tras la muerte de Carlomagno (814) el Reino de los Francos se desmembró, quedando dividido esencialmente a lo largo de la frontera lingüística entre el francés altomedieval y el antiguo alto alemán. Paulatinamente los habitantes de los territorios orientales desarrollarían un sentimiento de comunión. Así pues, “Alemania” se identificaría por el idioma. En tanto que la frontera occidental quedó determinada en fecha temprana, la colonización del Este no se detuvo hasta el siglo XIV. El contacto y la superposición de los grupos de población alemanes y eslavos en aquel entonces se mantuvieron hasta la Segunda Guerra Mundial.

 

Retrospectivamente, la transición del reino franco oriental a un reino alemán suele hacerse coincidir con la subida al trono del rey Conrado I (911). No obstante, por su origen, el título oficial fue en principio el de “rey franco” y más tarde el de “rey romano”. El imperio mismo se llamó desde el siglo XI “Imperio Romano”, a partir del siglo XIII “Sacro Imperio Romano” y en el siglo XV esa designación se completó con el añadido “de la nación alemana”. El Sacro Imperio Romano Germánico era una monarquía electiva: el monarca era elegido por la alta nobleza. Salvo excepciones, estaba emparentado con su antecesor. El imperio medieval no tenía una capital; el monarca gobernaba desplazándose de un lugar a otro. Tampoco existían impuestos imperiales; el monarca atendía a sus gastos fundamentalmente con los llamados “bienes imperiales”, que administraba en fideicomiso. El rey se concebía como gobernante sometido a las leyes transmitidas, vinculado a la aprobación de los grandes e investido del poder legislativo, fiscal, judicial y militar, así como de la supremacía eclesiástica. Asimismo era instancia suprema de la defensa de la paz. Otón I se hizo coronar emperador en Roma en el año 962.

 

Esta idea del imperio, asumida por los sucesores de Otón, implicaba la voluntad de dominio sobre todo el Occidente. Sin embargo, la realidad y el designio divergían considerablemente. Como los reyes tenían que trasladarse a Roma para ser coronados emperadores por el Papa, también se ocuparon intensamente de asentar su poder en Italia. Enrique IV no pudo mantener el rotundo predominio del Emperador sobre el Papado. La pugna con el Papa Gregorio VII por la designación de los obispos (querella de las investiduras) se zanjó en 1077 con la peregrinación del Emperador a Canossa. A partir de ese momento el Papa y el Emperador serían dos poderes enfrentados en pie de igualdad. Pese a la aparente plenitud de poderes de la siguiente dinastía, los Staufen, se produjo una fragmentación territorial, de resultas de la cual los príncipes seculares y eclesiásticos se convirtieron en señores semisoberanos de sus respectivos territorios. Mientras que en otros países de Europa occidental empezaban a aparecer Estados nacionales, Alemania se vio sometida a fuerzas centrífugas. Aquí se encuentran las raíces de un proceso que haría de Alemania una “nación tardía”.