Desde un principio la República Federal de Alemania fue una fuerza motriz de la integración europea, que sin duda se inscribe entre las historias de éxito de la etapa de la posguerra. El proceso iniciado por seis países en 1951 con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) desembocó en la actual Unión Europea (UE), constituida por 27 Estados miembros. Pese a todos los reveses y retrocesos, que también forman parte de esa historia, los Tratados de Maastricht, Ámsterdam, Niza y sobre todo Lisboa, firmados entre 1992 y 2007, atestiguan la voluntad de los partícipes de adecuar su comunidad a las vertiginosas transformaciones de la política mundial y presentarse asimismo como un actor político autónomo. No se especulará aquí sobre cómo habrían superado las economías europeas la crisis económica y financiera mundial de los años 2008 y 2009 de no haber contado con el euro como ancla de su política monetaria. En cualquier caso, el precio que pagó Alemania por renunciar al marco alemán, en su día la moneda más fuerte de Europa, no fue demasiado alto.
El compromiso y empeño de los Cancilleres Federales alemanes fue, a la postre, un factor clave para sacar adelante la firma de los Tratados de Niza y Lisboa. Gerhard Schröder y Angela Merkel fueron asimismo quienes intercedieron, con determinación y éxito, por que los nuevos Estados miembros de Europa oriental, empezando por la vecina Polonia, tuvieran una representación adecuada en las instituciones y órganos comunitarios. Dicho compromiso sigue siendo relevante para la política exterior, ya por el mero hecho de que es éste un ámbito en el cual existen, en parte, considerables preocupaciones de raíz histórica ante la cooperación germano-rusa. De hecho, la asociación estratégica germano-rusa no se dirige contra nadie, sino que, antes bien, se guía expresamente por intereses europeos comunes. Lo mismo es predicable de las relaciones en materia de energía, el núcleo de tal asociación. Como país pobre en recursos naturales que es, Alemania importa el 41% del gas natural, el 34% del petróleo y el 21% del carbón de Rusia y a la vez opera como país de tránsito. El hecho de que las relaciones económicas y energéticas germano-rusas se mantuvieran y desarrollaran sin interrupciones dignas de mención incluso en la época de la Guerra Fría muestra su virtualidad como fundamento de una asociación estratégica. Y al no ser una vía de sentido único, ello entraña asimismo importantes posibilidades de articulación política, para ambas partes. Algo similar puede afirmarse de la incipiente asociación energética con Asia central.