¿Puede un país como Alemania, que comparte todas sus fronteras con otros Estados europeos, en total nueve, aplicar otra cosa que no sea una política europeísta activa? La respuesta es obvia: Debido a su situación central en la intersección de la actual Unión Europea (UE), Alemania se beneficia especialmente de unas buenas y pacíficas relaciones de vecindad. La vitalidad –inclusive económica– de Europa es un interés genuino de Alemania: El proceso de integración ha acreditado a lo largo del tiempo su vigencia como marco de referencia idóneo para salvaguardar la paz, el bienestar y la seguridad.
La firma, en el año 1957, de los Tratados de Roma, en virtud de los cuales se constituyeron la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM), marca el arranque de la historia de éxito que representa la integración europea, centrada a la sazón en el desarrollo de las economías de Europa occidental a través de la profundización de la cooperación y el fomento del comercio entre los países fundadores. Sin pretender subestimar la significación de la convergencia política de Europa, seguramente los principales motivos de otros países europeos para adherirse a la Unión sean la dinámica económica de la integración y la atracción del gran mercado común. Ese fue el caso de Gran Bretaña, Dinamarca e Irlanda en los años setenta, de Grecia, España y Portugal en los ochenta y de Austria, Suecia y Finlandia en los noventa. Y estos factores explican asimismo el magnetismo que la UE ejerció sobre las nuevas democracias de mercado de Europa centrooriental y sudoriental en 2004 y 2007. Sea como fuere, paralelamente a la experiencia de la flamante República Federal, para las jóvenes democracias instauradas en el Sur y el Este de Europa la adhesión a la UE se reveló a la par como reconocimiento y reaseguro de los logros políticos alcanzados al hilo de la superación de la dictadura y el totalitarismo.
Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en diciembre de 2009 se cierra un ciclo de intensas negociaciones. La política alemana hacia la UE jugó un papel clave en todas las etapas del proceso: Alemania fue uno de los países que impulsó la concepción de una Unión Europea que, junto a la Unión Económica y Monetaria, se marcara como objetivo una Unión Política basada en una cooperación profundizada y provista de capacidad de actuación. En el Tratado de Maastricht se dio un gran paso al establecer con carácter vinculante el primer pilar; en cambio, la Unión Política no dejó de ser, en gran medida, una visión. Andando el tiempo quedó patente que habría de desarrollarse por etapas, gradualmente y sobre otras bases. Por eso, en las negociaciones de los Tratados de Ámsterdam y Niza, así como en la Convención Europea, Alemania abogó por un ajuste escalonado y un desarrollo progresivo del tejido institucional, una clarificación de las competencias y la consiguiente ampliación de la calidad democrática de las decisiones de la UE.