Alemania aboga con firmeza por la superación de retos de alcance global como el cambio climático, la escasez de recursos y un mundo libre de armas nucleares. En el año 2007 se observó con admiración que en la trigésima tercera cumbre de los siete países más industrializados del mundo y Rusia (G-8), celebrada en junio en el balneario alemán de Heiligendamm, el país anfitrión lograra persuadir a los EE.UU. de “considerar seriamente” una reducción considerable de las emisiones contaminantes y reconocer a las Naciones Unidas como plataforma de actuación para la protección del clima. Y esa cumbre presidida por Alemania también marcó nuevas pautas al abrir la participación en los debates a otros países. Sin el concurso de actores como Brasil, China, la India, México y Sudáfrica, que crecen a un ritmo vertiginoso, avanzan rápidamente en el sector industrial, generan una voraz demanda de recursos y, por añadidura, son relevantes para el medio ambiente, es inviable trazar las líneas maestras del futuro. Desde la reunión de Pittsburg (2009) quedó claro que el Grupo de los Veinte, al cual entre tanto también pertenecen Arabia Saudita, Argentina, Australia, Corea del Sur, Indonesia y Turquía, es hoy por hoy el principal foro de la política económica global.
Paralelamente, la política exterior alemana promueve la construcción de estructuras de la sociedad civil, coadyuva a la prevención y atención de catástrofes y desastres naturales, se compromete en la implantación de la democracia y la vigencia de los derechos humanos y propugna una política de diálogo de igual a igual. Que Alemania esté en situación de desempeñar ese papel se debe a la confianza acumulada y prudentemente administrada a lo largo de decenios.