No solo las formas de vida, sino también los sistemas de valores y las actitudes morales básicas están sometidos a constantes cambios. La fidelidad de pareja sigue siendo un valor importante, pero la norma de constituir una comunidad de vida estable y duradera se ha relajado. Por ejemplo, en 2008 la duración media de los matrimonios disueltos por divorcio fue de 14,1 años. En cambio, han aumentado las exigencias de calidad de la relación de pareja. Esta es una de las causas por las cuales hoy en día aproximadamente un tercio de los matrimonios contraídos en los últimos años termina en divorcio. Al hilo de esta tendencia ha aumentado considerablemente el número de las parejas de hecho. También han crecido notablemente las uniones de hecho homosexuales. Una ley de 2001 regula las uniones de hecho registradas entre personas del mismo sexo.
Las “uniones sin papeles” son una opción muy extendida entre las personas jóvenes o divorciadas. Paralelamente, también ha aumentado el número de nacimientos extraconyugales: aproximadamente la tercera parte de los niños nace fuera del matrimonio. Una consecuencia de este cambio es el incremento de las familiastras (familias reconstruidas o ensambladas) y las familias monoparentales: cerca de la quinta parte de las unidades de convivencia con hijos son familias monoparentales y más concretamente monomaternales.
También las relaciones intrafamiliares y los modelos educativos han evolucionado civilizatoriamente. Por regla general las relaciones intergeneracionales entre padres e hijos son notoriamente buenas y en la mayoría de los casos no están marcadas por pautas educativas inveteradas como la obediencia, subordinación o dependencia, sino más bien por el entendimiento participativo y la reciprocidad igualitaria, por el afecto, el respaldo y una educación para la autonomía personal.