La evolución demográfica del país se caracteriza por tres tendencias: una tasa de natalidad baja, la creciente esperanza de vida y el envejecimiento de la sociedad. La baja natalidad se prolonga desde hace más de tres decenios: desde 1975 el número de nacimientos se sitúa, con ligeras oscilaciones, en aproximadamente 1,3 hijos por mujer. Por tanto, desde hace 35 años la generación de los hijos es aproximadamente un tercio más pequeña que la de los padres. Las altas tasas de inmigración hacia Alemania occidental evitaron el correspondiente retroceso poblacional. Paralelamente la esperanza de vida se ha incrementado de forma continuada, como ocurre en muchos otros países ricos. Entre tanto se eleva a 77 años entre los hombres y 82 años entre las mujeres.
La creciente esperanza de vida y, en aún mayor medida, las bajas tasas de natalidad son la causa de la tercera tendencia: el porcentaje de los jóvenes sobre la población total disminuye a la vez que aumenta la proporción de personas mayores. A principios de la década de los noventa, por cada persona mayor de sesenta años había prácticamente tres personas en edad activa. A comienzos del siglo XXI la proporción ya solo era de 1 a 2,2. El envejecimiento de la población es pues uno de los mayores retos de la política social y familiar. Por esta razón hace tiempo que se comenzó a reformar el sistema de pensiones: como consecuencia de la evolución demográfica, el tradicional “pacto intergeneracional” resulta cada vez más costoso de mantener y se ha complementado con un sistema de previsión privada para la vejez. Por otra parte también se están intensificando las medidas de política familiar destinadas a promover un aumento de la tasa de natalidad (elevación del subsidio por hijos, incremento de la oferta de plazas en centros de educación infantil, etc.).