La “biestatalidad” de Alemania

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El final de la cuestión alemana – retrospectiva de un largo camino hacia Occidente: 1949–1990 La “biestatalidad” de Alemania.

A partir de 1945 solo una parte de Alemania recibió una segunda oportunidad democrática: la occidental. El Consejo Parlamentario de Bonn, integrado por representantes de los Parlamentos libremente elegidos de los Estados agrupados en las zonas de ocupación estadounidense, británica y francesa, elaboró en 1948/49 una constitución que sacó las consecuencias sistemáticas de las carencias y disfunciones de la Constitución Imperial de 1919 y del fracaso de la República de Weimar: la Ley Fundamental para la República Federal de Alemania. La segunda democracia alemana se diseñó como democracia parlamentaria funcional, con un Canciller Federal (jefe de gobierno) fuerte, que solo podía ser desbancado mediante el denominado “voto de censura constructivo”, y un Presidente Federal con competencias reducidas. Contra los enemigos declarados de la democracia la Ley Fundamental estableció preventivamente unos mecanismos de respuesta que incluían la privación de derechos fundamentales y la prohibición de los partidos anticonstitucionales, funciones éstas que fueron atribuidas a la Corte Constitucional Federal. Los fundamentos del Estado se fijaron de tal modo que quedaban a salvo incluso de una mayoría favorable a alterar el orden constitucional, resultando por tanto imposible abolir la democracia por vía “legal”, como en 1933.

Mientras que la parte occidental de Alemania sacaba las lecciones “antitotalitarias” del reciente pasado alemán, el Este, la zona de ocupación soviética (y posterior RDA), tuvo que conformarse con consecuencias “antifascistas”, que fueron utilizadas para legitimar una dictadura de partido único de signo marxista-leninista. La ruptura con los fundamentos o resortes del poder nacionalsocialista habría de producirse básicamente por la vía de la política de clases, a través de la expropiación de los terratenientes e industriales. En cambio, los antiguos “simpatizantes” o “comparsas” del nacionalsocialismo tuvieron la oportunidad de hacer méritos en la “construcción del socialismo”. También en la RDA hubo ex “correligionarios” del NSDAP que alcanzaron posiciones dirigentes una vez concluido el proceso de “desnazificación”.

Retrospectivamente sería muy difícil hablar de una “historia de éxito de la República Federal” si no se hubiera producido el llamado Milagro económico de los años cincuenta y sesenta, el período de auge económico más largo del siglo XX. La bonanza coyuntural proporcionó a la economía social de mercado impulsada por Ludwig Erhard, el primer Ministro Federal de Economía, la legitimación a través del éxito. Permitió integrar rápidamente a los casi ocho millones de expatriados de los antiguos territorios orientales del Imperio Alemán, los Sudetes y otras partes de Europa Centrooriental y Sudoriental. Contribuyó decisivamente a atenuar los antagonismos de clase y confesión religiosa, evitar que aumentara la fuerza de atracción de los partidos radicales y transformar en partidos populares (de masas) a los grandes partidos democráticos, en un primer momento la Unión Cristiano-demócrata (CDU) y la Unión Cristiano-social (CSU), y posteriormente también la socialdemocracia (SPD). Obviamente, la prosperidad también tuvo su reverso político y moral: a muchos ciudadanos federales les resultó así más fácil evitar atormentarse con preguntas hirientes sobre su propio papel en los años 1933 a 1945 y también que se las hicieran otros. El filósofo Hermann Lübbe ha definido esta manera de enfrentar el pasado reciente como “silenciamiento comunicativo” (y lo ha valorado como necesario para la estabilización de la democracia alemana occidental).

En la República de Weimar la derecha era nacionalista y la izquierda internacionalista. En la República Federal la situación sería distinta: Las fuerzas de centro-derecha en torno al primer Canciller Federal, Konrad Adenauer (1876–1967), propugnaban una política de incardinación occidental de Alemania e integración supranacional de Europa Occidental; la izquierda moderada, la socialdemocracia liderada por su primer presidente posbélico, Kurt Schumacher, y su sucesor, Erich Ollenhauer, se dotó de un perfil acusadamente nacional al anteponer la reunificación del país a la integración occidental. Solo a partir del año 1960 el SPD asumió los tratados con Occidente que habían permitido la adhesión de la República Federal de Alemania a la OTAN en 1955. Los socialdemócratas tuvieron que dar ese paso porque querían asumir responsabilidades de gobierno en la República Federal. Solo sobre la base de los tratados con Occidente les fue posible incorporarse en 1966 como socio menor a un gobierno de coalición con los cristianodemócratas (“gran coalición”) e iniciar tres años después, bajo el primer Canciller Federal socialdemócrata, Willy Brandt, aquella “nueva Ostpolitik” que le permitiría a la República Federal realizar un aporte propio a la distensión entre el Este y el Oeste, dotar de una nueva base a las relaciones con Polonia a través del reconocimiento (aunque de iure no sin reservas) de la frontera Odra-Nisa y establecer relaciones convencionales con la RDA. Tampoco el Acuerdo Cuatripartito sobre Berlín (1971), que de hecho solo afectaba a Berlín-Oeste y su relación con la República Federal, hubiera sido posible sin la firme integración occidental del mayor de los dos Estados alemanes.

Los tratados firmados por el gobierno social-liberal Brandt-Scheel con distintos países del bloque oriental entre 1970 y 1973 fueron ante todo una respuesta a la consolidación de la división alemana como consecuencia de la construcción del Muro de Berlín el 13 de agosto de 1961. A medida que la reunificación del país iba posponiéndose ad calendas graecas, la República Federal tuvo que concentrarse en mitigar las consecuencias de la división y asegurar así la cohesión de la nación. El restablecimiento de la unidad alemana se mantuvo como objetivo oficial del Estado republicano federal. Pero la expectativa de que algún día volvería a existir un Estado nacional alemán fue difuminándose permanentemente a partir de la conclusión de los tratados con los países del Este, y ello de modo mucho más acusado entre los alemanes occidentales más jóvenes que entre los mayores.

Sin embargo, en los años ochenta el orden posbélico empezó a tambalearse. La crisis del bloque oriental comenzó en 1980 a raíz de la fundación del sindicato independiente “Solidarnosc” (Solidaridad) en Polonia, seguida de la implantación de la ley marcial a finales de 1981. Habrían de pasar tres años y medio hasta que, en marzo de 1985, Mijaíl Gorbachov llegara al poder en la Unión Soviética. En enero de 1987 el nuevo Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética puso de manifiesto una percepción auténticamente revolucionaria: “Necesitamos la democracia como el aire para respirar.” Este mensaje dio alas a los defensores de los derechos civiles en Polonia y Hungría, en Checoslovaquia y la RDA. En el otoño de 1989 la presión de las protestas en el Estado alemán oriental se hizo tan intensa que el régimen comunista, si acaso, ya solo podría haberse salvado por una intervención militar de la Unión Soviética. Sin embargo, Gorbachov no estaba dispuesto a dar ese paso. La consecuencia fue la capitulación de la cúpula del partido de Berlín-Este ante la Revolución pacífica en la RDA: El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, un símbolo de la opresión como lo había sido dos siglos antes, en 1789, la prisión parisina de La Bastilla.

Heinrich August Winkler

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