Los nuevos 
alemanes

Neue Deutsche Organisationen - New Germans
Neue Deutsche Organisationen - New Germans Neue Deutsche Organisationen
Ser alemán y transformarse en alemán: cómo el desafío de la llegada de refugiados puede convertirse en un beneficio para todos.

En 2015 llegaron a Alemania 
1,1 millones de seres humanos en calidad de refugiados o solicitantes de asilo. En 2016 vendrán otros 300.000 o 400.000. Muchos de los recién llegados están convencidos de que volverán a sus respectivos países de origen ­luego del fin de la guerra o la guerra civil. La administración estatal alemana también parte de ello. Pero la historia de los exilios y las migraciones demuestra que muchos de ellos se quedarán: los unos, porque no hay regreso ­posible a su país; los otros, porque durante su estadía en Alemania han “echado raíces”.

dpa/Stephanie Pilick

En Alemania se ha desatado un debate político acerca del trato que debe darse a esas personas. En esa discusión se confrontan ásperamente dos puntos de vista: unos abogan, bajo la consigna de la “cultura de la bienvenida”, por una acogida amable a los recién llegados; otros, ni siquiera los querrían dejar entrar al país. Un tercer grupo solo está interesado en que se ­vayan lo más rápidamente posible. ­Entre los grupos enfrentados se halla la gran masa de aquellos que ven ese desafío con una mezcla de enfado debido al agresivo clima reinante en el debate y preocupación por la capacidad de ­integración de muchos de los recién llegados. La sociedad alemana está inmersa nuevamente en un debate sobre su identidad y la cuestión de quiénes son los alemanes y cómo quieren ser.

Para quienes se orientan por una identidad étnica no puede haber naturalmente “nuevos alemanes”. Para ellos se es alemán por nacimiento y ascendencia y nadie puede transformarse en alemán. Para quienes definen el ser alemán a partir de parámetros culturales, alguien puede transformarse en alemán, pero para ello es necesario superar la gran dificultad que supone la asimilación cultural. Por regla general, detrás de la definición culturalista del ser alemán se esconde un arrebato antiislámico. Un musulmán, tal el subtexto, no puede transform­arse en un alemán. Tanto la definición étnica como la culturalista implican por lo tanto un concepto de exclusión. Su objetivo central consiste en asegurar que los obstáculos para una permanencia en Alemania sean enormes y prácticamente imposibles de superar.

Pero Alemania tiene un problema: su baja tasa de reproducción demográfica. De la inmigración depende que el país pueda conservar también en el futuro su posición en la economía mundial, su nivel de bienestar y la densidad de asistencia pública de su Estado social. Se habla entonces de una reproducción social que compense lo que falta en cuanto a reproducción biológica. No es nada nuevo: desde fines del ­siglo XIX, cuando Alemania se transformó de un país agrícola en un país industrializado, se ha registrado no solo una fuerte migración interior, sino también casi siempre una ­inmigración proveniente del exterior. Tuvo lugar también en oleadas, después de ­crisis políticas: luego de la Primera, pero ­particularmente después de la Segunda Guerra Mundial; desde los años 1960 en forma de “trabajadores inmigrantes temporales”, que teóricamente volverían a sus países de origen luego de trabajar en Alemania, y finalmente tuvo lugar una gran inmigración luego del colapso del Bloque Oriental. La fórmula de que Alemania no es un país de inmigración es uno de los ­autoengaños del país incesantemente repetidos, pero no por eso válido. En realidad, en el pasado hubo siempre “nuevos alemanes”, que contribuyeron a la reconstrucción y el bienestar del país. Muchos de ellos se transformaron en alemanes sin que ni la definición étnica ni la culturalista lo hayan podido impedir.

Las sociedades modernas no tienen por qué renunciar a la idea de la afinidad ­nacional. Pero deben sustituir definiciones de nación exclusivas por inclusivas. Un concepto inclusivo de nación y una sociedad abierta, flexible y orientada hacia el futuro van de la mano. Se complementan y se apoyan mutuamente. Hay cinco características que definen en ese sentido el ser alemán en una sociedad moderna. Dos son de carácter socioeconómico. Primero, quien quiere integrarse debe estar en condiciones de mantenerse a sí mismo y, dado el caso, a su familia, a través del trabajo y los ingresos propios. Naturalmente, en el país existen sistemas de seguridad social, pero estos tienen una función de apoyo en caso de emergencia y no están para servirse continuamente de ellos.

Con esa ética del trabajo se corresponde, segundo, la posibilidad de un ascenso social asociado con el esfuerzo y los logros propios. No solo porque también esa es una característica esencial de la sociedad abierta, sino, sobre todo, para impedir que la inmigración lleve a la formación de una capa baja sin posibilidades de ascenso, en la que los recién llegados permanecen a largo plazo marginados debido a su origen, nombre, color de piel, religión o sexo. Ese ascenso social puede tener lugar también en la segunda generación.

Además de esas dos características socioeconómicas existen también dos características socioculturales del ser alemán. Primero, la convicción de que la fe religiosa es un asunto privado y carece de todo poder definitorio en la construcción y el desarrollo del orden social y político. Eso no excluye que cada ciudadano pueda llevar a cabo actividades en la ­sociedad alemana y en la vida social a partir de su fe personal. Otra característica es que cada ­ciudadano es libre de vivir de acuerdo con sus propias ideas y no deba adoptar lo que le quiera imponer la familia. Finalmente, una quinta característica del ser alemán o transformarse en un alemán es identificarse con la Constitución.

No puede excluirse que a algunos de los ciudadanos de viejo arraigo en Alemania no le basten la una o la otra de esas características. Eso solo significa, sin embargo, que esas características no son solo un control de ingreso al ser alemán, sino también un impulso para revitalizar la sociedad. Esa revitalización debe incluir asimismo a aquellos alemanes que actualmente se sienten marginados en la sociedad porque la creciente divergencia entre ciudades cada vez más prósperas y espacios rurales que se despueblan los hacen sentirse superfluos. La importancia de esa revitalización a menudo se subestima, pero es esencial para la autoafirmación de sociedades democráticas. Por eso, lo que a primera vista puede verse como una carga para la sociedad alemana –la acogida, la ayuda y finalmente la integración de los refugiados que llegaron a Alemania– puede transformarse en un proyecto de revitalización con el que los ­alemanes consoliden su estabilidad política y social para las próximas décadas.

Por eso, la integración de los 1,5 millones de refugiados en la sociedad alemana no puede ser ni una medida ni un acto administrativo llevados a cabo por las autoridades, sino que se trata de un proceso de largo plazo en el que deben cooperar el Estado, el mercado laboral y la ­sociedad civil. Una y otra vez se registrarán reveses y ­desilusiones, ya que la mayoría de los recién llegados no poseen las condiciones necesarias para integrarse inmediatamente en el mercado laboral alemán. Es necesario, por lo tanto, “invertir” en esos seres humanos, para que aprendan alemán y logren cualificarse profesionalmente. Necesario será hacerlo lo más amplia e inclusivamente posible. Ese “empoderamiento” no debe ser influido por la máquina clasificatoria de las autoridades alemanas, que diferencia, según el estatus jurídico de los ­recién llegados, entre refugiados subsidiarios, solicitantes de asilo reconocidos y solicitantes de asilo tolerados. Aquellos en los que no se invierta e igual se queden serán para la sociedad alemana mucho más caros que en el caso de que no sean decididamente cualificados. El proyecto de transformar a los refugiados en Alemania en nuevos alemanes se deriva del imperativo de transformar un dramático desafío en una situación en la que todos se beneficien, tanto los refugiados como la sociedad alemana. El rechazo fundamental y el odio, por el contrario, crean lo que dicen querer evitar: una desintegración de una sociedad que fracasa en el cumplimiento de su tarea común.

Herfried Münkler y Marina Münkler

Related content